¿Hasta cuándo seguiremos tolerando el racismo? 

El pasado martes, 17 de febrero de 2026, en Lisboa, durante el partido que enfrentaba al Real Madrid y al Benfica, Vinícius Júnior marcó un gol extraordinario. Lo celebró como celebran tantos jugadores brasileños: bailando, sonriendo y abrazándose con sus compañeros. Generó con su gol todo lo que debería ser deseable en el fútbol: deporte, espectáculo, fiesta y alegría. Sin embargo, recibió a cambio una respuesta muy diferente.

 

Primero, una tarjeta amarilla por festejar su gol. Después, insultos y provocaciones de jugadores rivales. Y, por último, un jugador rival que se tapó la boca con la camiseta para evitar ser leído por las cámaras le llamó “mono”, presuntamente. La prueba audiovisual puede ser discutible; el testimonio y las reacciones de quienes estaban allí, no.

 

Vinícius denunció inmediatamente estos hechos al árbitro y se detuvo el partido por el protocolo antirracismo. Habló con su entrenador, con sus compañeros y con el entrenador rival para explicar lo sucedido, pero tras unos minutos de incertidumbre, el partido se reanudó. Entonces comenzaron los pitos constantes y el lanzamiento de objetos, hasta el punto de que recibió el impacto de una botella en el hombro. Pero el árbitro le dijo que continuase jugando. A todo esto, el jugador agresor solo se llevó una advertencia del árbitro. Como colofón, el entrenador rival insinuó ante los medios que era el propio Vinícius quien había provocado lo ocurrido.

 

No es la primera vez. El 21 de mayo de 2023, en Valencia, ya se vivió una escena similar: insultos racistas, tensión desbordada y, paradójicamente, el jugador víctima terminó expulsado. El estadio coreaba al unísono “tonto, tonto” mientras el foco disciplinario se desplazaba del agresor al agredido. Han pasado casi tres años y la sensación es inquietante: nada esencial ha cambiado.

 

¿Hasta cuándo vamos a normalizar que una grada de 60.000 personas increpe a un jugador que denuncia racismo? ¿Hasta cuándo se permitirá que la firmeza retórica no vaya acompañada de firmeza disciplinaria? ¿Hasta cuándo se desplazará la responsabilidad hacia quien sufre los insultos en lugar de hacia quien los profiere? En definitiva, ¿hasta cuándo seguiremos tolerando el racismo?

 

En pleno siglo XXI, la cuestión es si existe la determinación suficiente para erradicarlo. El fútbol presume de ser el deporte más influyente del planeta. Sus protagonistas son referentes para millones de niñas y niños. Cada gesto, cada decisión arbitral, cada sanción o ausencia de ella envía un mensaje. Cuando la víctima es amonestada y el agresor apenas sufre consecuencias, el mensaje es devastador. Mientras no se actúe con la contundencia necesaria, el fútbol seguirá siendo también un espejo incómodo de nuestras propias contradicciones. Ojalá el fútbol sea lo que debería ser: deporte, espectáculo, fiesta y alegría.

 

Marco Osorio Ritter, M+J Málaga

Queremos contactar contigo

¡El primer paso es tan fácil como darnos tu número!

Privacy Preference Center