
Sobre la ley, la vida y el miedo a que la realidad tenga papeles
Señoras y señores,
Permítanme comenzar recordando algo elemental, aunque a veces incómodo para el Derecho: la realidad no pide permiso para existir. Existe antes que la ley, persiste a pesar de ella y, cuando el ordenamiento se demora, suele organizarse por su cuenta.
Miguel de Cervantes lo dijo con más claridad de la que muchas leyes han logrado después:
«La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos.»
Y, sin embargo, hemos construido sistemas jurídicos que actúan como si la libertad fuese un beneficio administrativo, revocable, condicionado y —sobre todo— aplazable.
I. Cuando el Derecho llega tarde
La Iniciativa Legislativa Popular de regularización de personas migrantes no nació en un despacho, sino en la experiencia cotidiana de la exclusión legal. Personas que trabajan, cuidan, producen y conviven, pero que, a ojos de la norma, parecen vivir en un paréntesis ontológico: están, pero no constan.
Aquí el Derecho se enfrenta a su vieja paradoja:
Cuando la ley no reconoce lo real, no desaparece lo real; se degrada la ley.
O, como advertía Cervantes con menos tecnicismos y más verdad:
«Donde hay fuerza de hecho, se pierde cualquier derecho.»
La fuerza, en este caso, no fue la violencia, sino la inercia institucional: esa capacidad del sistema para no decidir mientras la vida sigue pasando.
II. El pueblo legislador (y paciente)
La ILP fue un acto profundamente constitucional. Más de 700.000 firmas no son una anécdota; son una tesis democrática: que la soberanía no se agota el día de las elecciones.
Aquí conviene recordar que el artículo 9.2 de la Constitución no es poesía, aunque a veces se lea como tal. Obliga a los poderes públicos a hacer reales y efectivas la libertad y la igualdad. No “cuando convenga”, no “si hay consenso”, sino cuando existan desigualdades evidentes.
Pepe Monagas, desde la ironía popular, lo explicó con mayor precisión empírica que muchos informes técnicos:
«La justicia tarda tanto que a veces se le olvida a quién venía buscando.»
III. El “no” como identidad política
(Permítanme cierta ironía)
Llegados a este punto, es imposible ignorar que solo un grupo parlamentario votó en contra de siquiera debatir la regularización: VOX.
Y aquí la ironía se impone sola.
Porque no se votó en contra de un texto técnico, ni de un artículo concreto.
Se votó en contra de hablar.
En contra de considerar.
En contra de reconocer una realidad social ampliamente documentada.
Una postura coherente, sin duda, con una concepción del Derecho entendida no como instrumento de justicia, sino como muro identitario.
Un Derecho que no regula para integrar, sino que excluye para reafirmarse.
Cervantes, una vez más, nos da la clave:
«Temer a la libertad es no fiarse ni siquiera de uno mismo.»
Porque, al final, el rechazo a la regularización no revela miedo al “otro”, sino miedo a que la realidad desborde el relato.
IV. La regularización: cuando la ley alcanza a la vida.
La regularización por vía ejecutiva no fue el camino ideal, pero fue el reconocimiento tardío de lo evidente. No creó ciudadanos y ciudadanas nuevos/as; reconoció ciudadanos/as existentes.
Aquí el pensamiento del Papa León XIV en Dilexi nos ofrece una brújula ética difícil de refutar:
«La dignidad humana no depende de circunstancias jurídicas o sociales.»
Dicho de otro modo: los papeles no hacen personas; las personas obligan a hacer papeles.
La regularización no fue una concesión ideológica, sino una corrección jurídica. Una forma de restablecer la coherencia entre el Estado social que proclamamos y el Estado administrativo que practicamos.
V. Cierre: el Derecho sin miedo.
Permítanme cerrar con una última reflexión.
El Derecho no se debilita cuando incluye; se debilita cuando niega lo que ya existe. La democracia no se erosiona cuando escucha a la sociedad civil; se erosiona cuando la teme.
Y, como recordó Cervantes —que entendía de leyes, poder y locura más que muchos tratadistas—:
«La razón de la sinrazón que a mi razón se hace…»
A veces, la sinrazón no está en quien pide derechos, sino en quien se obstina en negarlos.
Porque al final, regularizar no fue un acto de valentía política extraordinaria. Fue algo mucho más simple —y más exigente—: no mirar hacia otro lado cuando la realidad llamó a la puerta con nombre, rostro y trabajo.
Muchas gracias.
José Ángel Hernández Duarte, Militante de Por Un Mundo Más Justo (M+J), Tenerife
















